18 sept 2013

GRUÑIDOS

Pocas cosas soliviantan tanto y con razón como sentirse clavo bajo martillo ajeno. A la desesperada, quien menos tenga que perder en esta falsa tregua social será el que pueda sostener combates más vigorosos e irreductibles en la guerra real subyacente.

Deberíamos particularizar la rabia y el descontento contra los responsables visibles de la apisonadora política, hacerles sentir pavor hasta en sueños cada vez que se dispongan a ejecutar una decisión gravosa, devolverles la precariedad que nos imponen con un encarnizamiento perfilado a la medida cual ejercicio de traducción simultánea a ese lenguaje atávico, transversal a partidarios y detractores, que todo el mundo entiende. Probablemente no sea la reacción más inteligente, pero es la pirexia que necesitamos para recuperar la vitalidad.

31 ago 2013

CONTRA LAS TIBIEZAS

"Más vale ponernos en lo peor enseguida —respondió el ingeniero— y reservarse solo la sorpresa de lo mejor".
Julio Verne
La isla misteriosa

Todo individuo reconciliado con su buena conciencia se declara tácitamente enemigo de sí mismo y partidario del control humanitario del pensamiento. No hay que estar en paz con nadie, ni con los fantoches propios que se asumen como roles ni con los fantasmas ajenos que impone la convivencia; no hay que solidarizarse con nada, ni con la naturaleza ni con la cultura, ni con la bondad ni con la maldad; no hay que entregarse sin combatir, ni a los riesgos de la libertad ni a las seguridades de la servidumbre, ni a los simulacros que tomamos por realidad ni a las realidades que simulamos devolver domesticadas. Y que no nos vengan con el cuentecillo de que la pasividad de los hombres justos pone el triunfo en bandeja a la injusticia, pues el justo, al igual que el malvado, busca la salvaguardia de sus intereses particulares, que pueden ser tan triviales como preservar la estabilidad de un patrimonio, o de índole más intangible, como la imagen que pretende proyectar de sí mismo incluso ante el espejo, para lo cual necesita víctimas, las que produce y le proporciona el culpable.

Allí donde se vaya, existe una perfusión de teatralidad que mantiene en alza el mito de los valores civilizados para que los cadáveres que se amontonan en las vías y colmenas urbanas puedan creerse en pie, representando que no lo son, sobre un común denominador de orden expuesto en la galería universal de los horrores como la referencia suprema donde se tolera todo a condición de que nada pase, y la estasis social se distrae con filigrana de cambio, como en esos anuncios que se cuelan sin haberlos pedido repitiéndose hasta el vómito o en las guerras relámpago de especulativa espectacularidad donde los malos son siempre otros, los otros sin los cuales no somos uno. Es así como se crea el sentido del sinsentido con la desgracia, la miseria y el sufrimiento extremo por varita mágica de un mundo que ha perdido la fe en aquello que no puede comprar ni tirar cómodamente a la basura: para eso se ha inventado el reciclaje, del que seres y enseres participan a la mayor gloria de la celosa sostenibilidad.

Aunque deseable, la solución final ya no es necesaria porque estamos instalados en ella de mano de la cirugía virtual de la identidad y del negocio blanqueado de los afectos que son la pauta en el espacio profiláctico de mentalidad unificada patrocinado por Potus y sus filiales internacionales, cuya democrática misión consiste en enseñarnos a interpretar quienes somos. ¿Quiénes? Uno de nuestros asesores literarios lo plasmó a la perfección en un epitafio que, traducido del francés, venía a decir "ustedes están vivos porque nosotros nos hacemos los muertos".

¿De qué sirve el derecho a la vida si no se respeta la soberana locura de ponerla en juego? Hemos sido sacrificados vilmente, arrojados a las escombreras de la historia antes de estrenarnos, así que nada podemos perder si en adelante, cada vez que alguien exhorte a la penitencia, saltamos sobre él para robarle el corazón de la caja de caudales donde lo encierra. Mejor fuera de la ley que fuera de juego.

27 ago 2013

EL ENEMIGO AL MANDO

Si aplicáramos a la casta política y sus compinches financieros el mismo sistema de costes y beneficios que predican, habría que despedirlos de inmediato e inhabilitarlos de forma permanente para cualquier puesto de responsabilidad como medida cautelar antes de emprender una persecución judicial acusándolos de haber conspirado con todos los medios a su alcance contra los intereses de la empresa que los contrató, y puesto que esta empresa no es otra que la nación, no estaríamos hablando solamente de falta de productividad ni de actos delictivos causados por negligencia temeraria, incumplimiento del deber, desfalco o sabotaje, sino de un crimen doloso de alta traición contra el que no caben atenuantes. Por tanto, además de tener ocupaciones contraproducentes a la par que improductivas, saqueadoras en vez de corruptibles, ilegítimas aunque legislen y prevaricadoras so pretexto de gestoras, la casta política, al amparo de sus compinches financieros, representa para el país donde medra un asedio constante que se ejerce desde dentro de sus fronteras.

18 ago 2013

EL GENIO DE LA GUERRA

Todo gobierno que no pueda justificarse ante sus ciudadanos es un usurpador y combatirlo, por tanto, una tarea heroica que reviste atributos de prueba espiritual: hay que emprender la rebelión con la altura moral necesaria para que los luchadores no se conviertan, a su vez, en usurpadores movidos por la tentación autoritaria, el afán de ostentar o la complacencia en la comodidad.

Siempre hay dragones que vencer para alcanzar la liberación, pues cada oportunidad de batalla lo es también de superación o de caída.

20 jul 2013

DE BUENA LEY

Cualquier criminal necesita coartadas; si el criminal es poderoso, las suyas se escriben con letra de ley, en la que se diluyen a lo largo de las generaciones sus aspectos más nefandos, volviendo aceptable a ojos del común lo que dudosamente pudo parecerlo en principio. Con independencia del sentido utilitario de algunos reglamentos, a los que no nos referimos, la culminación de la fuerza malhechora del potentado es que el sometido llegue a confundir sus intereses con los suyos. He ahí su peor crimen, haber borrado el rastro de sus móviles.

Hay mentes tan mínimas, tan inflexibles y estrechas, que no dan cabida para distinguir legalidad de legitimidad, como si una medida gubernativa, al estar respaldada por la legislación, fuera justa por sí sola o preferible, en su defecto, al riesgo de exponerse a un cuestionamiento general de la autoridad. Será por aquello de que las cabezas se reducen a escala en función de su proximidad numérica, aunque algo tendrá que ver en esta miniaturización de los cerebros la emasculada costumbre de aceptar como un estado normal lo que constituye una situación de excepcionalidad en el funcionamiento del Estado. Y todo Estado, desde su origen, implica aberraciones contra sus súbditos que se recrudecen al entrar en decadencia, como les sucede en el presente a la mayoría de las naciones. No hay circunstancias atenuantes para explicar el proceso. Más que asistir a la agonía del Estado del Bienestar, fase publicitaria de su desarrollo esforzada en lustrar limosnas, constatamos la maduración de su envilecimiento como Estado del Deterioro.

Cuando las leyes suscitan más problemas sociales de los que pretenden resolver y cada modificación  de su engendro doctrinal añade una caricatura democrática al repertorio de la dictadura que, sin embargo, no basta para generar consenso ni compensa la devaluación popular; cuando la justicia sólo muestra su eficiencia anulando los delitos de los sumos impostores que ascendieron sobre la ruina de muchas familias y las formas más insultantes de extorsión se imponen bajo el fingimiento de la austeridad; cuando los derechos civiles revelan como nunca la farsa que siempre han sido, salvo que se entienda por tales la obligación de participar en el espectáculo de humillarse ante los caciques financieros, y comportarse como un ciudadano de orden equivale a servir de cómplice a los que han logrado establecer colonias a expensas de las infraestructuras públicas, sea desmontándolas, pervirtiéndolas o transfiriéndolas a su patrimonio personal; cuando estas y otras irregularidades están a la orden y en el orden del día, ponerse fuera de la ley supone un deber para el individuo que quiera mantenerse el respeto a sí mismo. Un hombre de categoría puede perderlo todo, menos su hombría; incluso si por ella se ve impulsado a avanzar más allá de los confines humanos, hacia la indómita periferia que no teme volverse truculenta marginalidad.

El modelo de futuro próximo, diseñado hace largo tiempo, está listo para ser implantado. Para ello, se impone el requisito de reducir por asedio las poblaciones de los países que crecieron amamantadas con una prosperidad de bajo coste en la creencia, cebada por los medios, de que sus prestaciones constituían un proyecto irrevocable, la cara verdadera de la realidad. Las esperanzas motrices de lo que fuera el mito de la estabilidad en expansión han  muerto a manos del aparente anonimato de los mercados. Cierto es que no lamentamos el vacío dejado por el desmoronamiento de esta fábula, y tratándose de un producto sacrificado durante la gran purga emprendida por los agentes macroeconómicos, a quienes nunca perdonaremos la envergadura monstruosa de su ruindad, una instintiva petición de proporcionalidad apremia para que el abismo los engulla como espolones caducos de la patraña. No habrá chuletas para los hijos de los que bailaron con el canto de sirena de las clases medias. Tampoco habrá dignidad, pero no adolecerán su carencia porque ignorarán conceptos tan básicos como la soberanía; vegetarán prisioneros de simulaciones controladas más fáciles de aceptar que la angosta dimensión de la miseria y sólo acertarán a distinguir al amigo del matarife cuando sea demasiado tarde. Ante la perspectiva de ser conducidos al parque temático de la penitencia global, encontramos deliciosa la invitación a la guerra total. ¡Perfeccionemos la nada!

El horror no nos inhibe ni nos seduce. Estamos dispuestos a mirarlo de frente sin arrancarnos los ojos, y decididos a darle la espalda con la seguridad de que no lo añoraremos. Palabra de bandido. Por la potestad que nadie más que nosotros se disciplina a reconocernos, advertimos a los merodeadores que los seres bravíos no profesamos adhesión a ningún colectivo: poseemos la robustez necesaria para acertar o equivocarnos guiándonos según nuestras propias reglas, cuya maestría se adquiere practicando el rechazo de la acomodación a esa mansedumbre tan estimada por los mandobedientes, autómatas de todas las condiciones que por el gusto de la inercia o por la inercia de la autocompasión también han hecho de su asueto y de sus órganos reproductores instrumentos misioneros del achicamiento progresivo.

Oro en el cielo, sol en la tierra, ¡nos alzamos en el nombre de todos los dioses caídos! Puesto que somos mamíferos teófagos, con sus cenizas marcamos nuestro territorio forajido. No nos guardes el secreto.