Te cercenan, te observan, te succionan y te expelen; somos vectores biológicos, naturalezas mortecinas, trabajo de campo, repositorios reemplazables de energía. Que intervengan o no contra tus intereses privados hasta que el procesamiento pecuniario te convierta en un homínido residual ya no depende de si les gusta o les plantea problemas lo que haces con tu vida; el estándar establece que serás un objeto de deseo competente mientras puedas materializarte en el deseo de sus objetos. Pura obviedad.
De las tecnologías táctiles actuales pronto daremos el brinco —un pequeño paso para el hombre pero un gran salto para el sistema— a una generación de dispositivos cibernéticos manejados por el usuario con el pensamiento, que quedará alineado con la máquina por adaptación. La inteligencia artificial penetrará en la natural, a la que terminará fosilizando por suplantación, y casi todos, ricos y pobres, querrán asimilar la experiencia por el despliegue de magníficas prestaciones conseguidas, para no sentirse involucionados respecto al vecino o por el hábito de gestionar en un adminículo portátil hipereficiente lo que no se atreven a confíar a su cerebro. Con ello, la humanidad correrá anhelante desde el presente estado panóptico mundial, al que empieza a estar habituada, al acoplamiento encefálico teledirigido. Despidámonos de las membranas cognitivas que solo podía horadar el bombardeo subliminal: el acceso a los contenidos mentales del sujeto y la programación remota de los mismos serán funciones integradas.
Creemos que nuestra especie no merece someterse al mal gusto de ser lobotomizada en aras de su proyección hacia una perpetuidad modulable según el capricho ordenador de la élite. Para nosotros, que carecemos de importancia pero estamos dispuestos a demostrar que más vale ser objetivo que cobaya, la grandeza del bípedo desplumado reside en su capacidad para resetearse o desaparecer con elegancia, tal como surgió del fango, sin dejar huella...
16 oct 2013
9 oct 2013
ACTUALIDAD DE LA DESOBEDIENCIA
Consciente de las penalidades que acarrea la insumisión, comentaba Henry David Thoreau en su célebre ensayo sobre la desobediencia civil: "Si rechazo la autoridad del Estado cuando me presenta la factura de los impuestos, pronto se apoderará de lo mío y gastará mis bienes y nos hostigará interminablemente a mí y a mis hijos. Esto es duro. Esto hace que al hombre le sea imposible vivir con honradez y al mismo tiempo con comodidad en la vida material". Para sobrellevarlo, recomendaba "vivir independientemente sin depender más que de uno mismo, siempre dispuesto y preparado para volver a empezar y sin implicarse en muchos negocios", a lo que nosotros añadiríamos "convenientemente armado y entrenado, sea para repeler las presumibles agresiones por sorpresa, sea para inspirar al enemigo la conveniencia de negociar antes de emprender un ataque", pues cada día nos empujan hacia esa ruptura sin consenso ni conciliación en la que el individuo ha de valerse, en primer término, por lo que valen sus insobornables furias.
Cuando uno contribuye fiscalmente a su propio escarnio sabiendo que a cambio de esos servicios públicos que no recibe o se le restringen de forma alarmante paga por mantener los vicios privados de todos los gobernantes que no ha elegido, la objeción de conciencia contra la irresponsabilidad de las autoridades es el único camino coherente, aunque deba recorrerlo en solitario y sufra el acecho de los salteadores burocráticos, que tienen reconocida por ley la patente de corso ejecutiva contra la razón que con excelentes argumentos impugna a los poderosos señalando tanto la miseria de sus excesos como el desenfreno de sus faltas.
Cuando uno contribuye fiscalmente a su propio escarnio sabiendo que a cambio de esos servicios públicos que no recibe o se le restringen de forma alarmante paga por mantener los vicios privados de todos los gobernantes que no ha elegido, la objeción de conciencia contra la irresponsabilidad de las autoridades es el único camino coherente, aunque deba recorrerlo en solitario y sufra el acecho de los salteadores burocráticos, que tienen reconocida por ley la patente de corso ejecutiva contra la razón que con excelentes argumentos impugna a los poderosos señalando tanto la miseria de sus excesos como el desenfreno de sus faltas.
18 sept 2013
GRUÑIDOS
Pocas cosas soliviantan tanto y con razón como sentirse clavo bajo martillo ajeno. A la desesperada, quien menos tenga que perder en esta falsa tregua social será el que pueda sostener combates más vigorosos e irreductibles en la guerra real subyacente.
Deberíamos particularizar la rabia y el descontento contra los responsables visibles de la apisonadora política, hacerles sentir pavor hasta en sueños cada vez que se dispongan a ejecutar una decisión gravosa, devolverles la precariedad que nos imponen con un encarnizamiento perfilado a la medida cual ejercicio de traducción simultánea a ese lenguaje atávico, transversal a partidarios y detractores, que todo el mundo entiende. Probablemente no sea la reacción más inteligente, pero es la pirexia que necesitamos para recuperar la vitalidad.
Deberíamos particularizar la rabia y el descontento contra los responsables visibles de la apisonadora política, hacerles sentir pavor hasta en sueños cada vez que se dispongan a ejecutar una decisión gravosa, devolverles la precariedad que nos imponen con un encarnizamiento perfilado a la medida cual ejercicio de traducción simultánea a ese lenguaje atávico, transversal a partidarios y detractores, que todo el mundo entiende. Probablemente no sea la reacción más inteligente, pero es la pirexia que necesitamos para recuperar la vitalidad.
31 ago 2013
CONTRA LAS TIBIEZAS
"Más vale ponernos en lo peor enseguida —respondió el ingeniero— y reservarse solo la sorpresa de lo mejor".
Julio Verne
La isla misteriosa
Todo individuo reconciliado con su buena conciencia se declara tácitamente enemigo de sí mismo y partidario del control humanitario del pensamiento. No hay que estar en paz con nadie, ni con los fantoches propios que se asumen como roles ni con los fantasmas ajenos que impone la convivencia; no hay que solidarizarse con nada, ni con la naturaleza ni con la cultura, ni con la bondad ni con la maldad; no hay que entregarse sin combatir, ni a los riesgos de la libertad ni a las seguridades de la servidumbre, ni a los simulacros que tomamos por realidad ni a las realidades que simulamos devolver domesticadas. Y que no nos vengan con el cuentecillo de que la pasividad de los hombres justos pone el triunfo en bandeja a la injusticia, pues el justo, al igual que el malvado, busca la salvaguardia de sus intereses particulares, que pueden ser tan triviales como preservar la estabilidad de un patrimonio, o de índole más intangible, como la imagen que pretende proyectar de sí mismo incluso ante el espejo, para lo cual necesita víctimas, las que produce y le proporciona el culpable.
Allí donde se vaya, existe una perfusión de teatralidad que mantiene en alza el mito de los valores civilizados para que los cadáveres que se amontonan en las vías y colmenas urbanas puedan creerse en pie, representando que no lo son, sobre un común denominador de orden expuesto en la galería universal de los horrores como la referencia suprema donde se tolera todo a condición de que nada pase, y la estasis social se distrae con filigrana de cambio, como en esos anuncios que se cuelan sin haberlos pedido repitiéndose hasta el vómito o en las guerras relámpago de especulativa espectacularidad donde los malos son siempre otros, los otros sin los cuales no somos uno. Es así como se crea el sentido del sinsentido con la desgracia, la miseria y el sufrimiento extremo por varita mágica de un mundo que ha perdido la fe en aquello que no puede comprar ni tirar cómodamente a la basura: para eso se ha inventado el reciclaje, del que seres y enseres participan a la mayor gloria de la celosa sostenibilidad.
Aunque deseable, la solución final ya no es necesaria porque estamos instalados en ella de mano de la cirugía virtual de la identidad y del negocio blanqueado de los afectos que son la pauta en el espacio profiláctico de mentalidad unificada patrocinado por Potus y sus filiales internacionales, cuya democrática misión consiste en enseñarnos a interpretar quienes somos. ¿Quiénes? Uno de nuestros asesores literarios lo plasmó a la perfección en un epitafio que, traducido del francés, venía a decir "ustedes están vivos porque nosotros nos hacemos los muertos".
¿De qué sirve el derecho a la vida si no se respeta la soberana locura de ponerla en juego? Hemos sido sacrificados vilmente, arrojados a las escombreras de la historia antes de estrenarnos, así que nada podemos perder si en adelante, cada vez que alguien exhorte a la penitencia, saltamos sobre él para robarle el corazón de la caja de caudales donde lo encierra. Mejor fuera de la ley que fuera de juego.
Julio Verne
La isla misteriosa
Todo individuo reconciliado con su buena conciencia se declara tácitamente enemigo de sí mismo y partidario del control humanitario del pensamiento. No hay que estar en paz con nadie, ni con los fantoches propios que se asumen como roles ni con los fantasmas ajenos que impone la convivencia; no hay que solidarizarse con nada, ni con la naturaleza ni con la cultura, ni con la bondad ni con la maldad; no hay que entregarse sin combatir, ni a los riesgos de la libertad ni a las seguridades de la servidumbre, ni a los simulacros que tomamos por realidad ni a las realidades que simulamos devolver domesticadas. Y que no nos vengan con el cuentecillo de que la pasividad de los hombres justos pone el triunfo en bandeja a la injusticia, pues el justo, al igual que el malvado, busca la salvaguardia de sus intereses particulares, que pueden ser tan triviales como preservar la estabilidad de un patrimonio, o de índole más intangible, como la imagen que pretende proyectar de sí mismo incluso ante el espejo, para lo cual necesita víctimas, las que produce y le proporciona el culpable.
Allí donde se vaya, existe una perfusión de teatralidad que mantiene en alza el mito de los valores civilizados para que los cadáveres que se amontonan en las vías y colmenas urbanas puedan creerse en pie, representando que no lo son, sobre un común denominador de orden expuesto en la galería universal de los horrores como la referencia suprema donde se tolera todo a condición de que nada pase, y la estasis social se distrae con filigrana de cambio, como en esos anuncios que se cuelan sin haberlos pedido repitiéndose hasta el vómito o en las guerras relámpago de especulativa espectacularidad donde los malos son siempre otros, los otros sin los cuales no somos uno. Es así como se crea el sentido del sinsentido con la desgracia, la miseria y el sufrimiento extremo por varita mágica de un mundo que ha perdido la fe en aquello que no puede comprar ni tirar cómodamente a la basura: para eso se ha inventado el reciclaje, del que seres y enseres participan a la mayor gloria de la celosa sostenibilidad.
Aunque deseable, la solución final ya no es necesaria porque estamos instalados en ella de mano de la cirugía virtual de la identidad y del negocio blanqueado de los afectos que son la pauta en el espacio profiláctico de mentalidad unificada patrocinado por Potus y sus filiales internacionales, cuya democrática misión consiste en enseñarnos a interpretar quienes somos. ¿Quiénes? Uno de nuestros asesores literarios lo plasmó a la perfección en un epitafio que, traducido del francés, venía a decir "ustedes están vivos porque nosotros nos hacemos los muertos".
¿De qué sirve el derecho a la vida si no se respeta la soberana locura de ponerla en juego? Hemos sido sacrificados vilmente, arrojados a las escombreras de la historia antes de estrenarnos, así que nada podemos perder si en adelante, cada vez que alguien exhorte a la penitencia, saltamos sobre él para robarle el corazón de la caja de caudales donde lo encierra. Mejor fuera de la ley que fuera de juego.
27 ago 2013
EL ENEMIGO AL MANDO
Si aplicáramos a la casta política y sus compinches financieros el mismo sistema de costes y beneficios que predican, habría que despedirlos de inmediato e inhabilitarlos de forma permanente para cualquier puesto de responsabilidad como medida cautelar antes de emprender una persecución judicial acusándolos de haber conspirado con todos los medios a su alcance contra los intereses de la empresa que los contrató, y puesto que esta empresa no es otra que la nación, no estaríamos hablando solamente de falta de productividad ni de actos delictivos causados por negligencia temeraria, incumplimiento del deber, desfalco o sabotaje, sino de un crimen doloso de alta traición contra el que no caben atenuantes. Por tanto, además de tener ocupaciones contraproducentes a la par que improductivas, saqueadoras en vez de corruptibles, ilegítimas aunque legislen y prevaricadoras so pretexto de gestoras, la casta política, al amparo de sus compinches financieros, representa para el país donde medra un asedio constante que se ejerce desde dentro de sus fronteras.
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