Con el mantra ominoso de la Crisis, la economía especulativa aprovecha la adversidad circunstancial ocasionada por sus malas artes para imponer reformas estructurales que acorazan sus privilegios en detrimento de nuestra soberanía como ciudadanos, cada vez más debilitada. El pueblo ha perdido la capacidad de intimidación necesaria para que la clase propietaria limite su voracidad, que no encuentra obstáculos para usurpar campos que creíamos seguros, como la sanidad pública (que nunca ha sido gratuita, pues la costeamos con impuestos), el acceso a la educación en condiciones óptimas y la estabilidad de los derechos laborales. Además, si la huelga fuera un derecho debidamente reconocido, la jornada de protesta sería remunerada en su integridad como lo es, por ejemplo, una baja por incapacidad temporal, aunque esta cobertura social básica también se ha visto amenazada por la reforma laboral que, entre motivos a hartar, justifican en España las manifestaciones de repulsa contra su gobierno títere del poder financiero, lo que por otra parte no nos impide esgrimir cuatro excelentes razones para cuestionar la convocatoria del 29M tal como está planteada:
1. Ni las huelgas ni los desfiles masivos de indignados sirven para cambiar nada en beneficio de las clases menos favorecidas. Son actos de probada inutilidad. Más nos valdría encauzar los recursos destinados a esos eventos hacia medios más prometedores, como recibir entrenamiento táctico para organizar escuadrones de verdadera guerrilla urbana que sustituyeran a los soporíferos mítines.
2. El éxito de una iniciativa crítica está en relación con su oportunidad y la rapidez en el tiempo de reacción es crucial para que surta efecto, pero esta huelga se ha insertado deliberadamente fuera de plazo. Quizá la disconformidad hubiera tenido impacto político antes de la aprobación del decretazo; después, harían falta otros elementos de insurgencia para no verse reducida a un acontecimiento testimonial.
3. Considerando lo anterior, nadie podrá negar que la huelga está desde el principio instrumentalizada por los grandes sindicatos intervenidos, que la usan, entre otros fines, para recuperar parte del prestigio perdido. Sus líderes se limitarán a dramatizar en las calles el papel que tienen asignado por oficio. Evidencia indiscutible del parasitismo complaciente de quienes dicen defender a los trabajadores, es que los huelguistas del politburó, los sindicalistas profesionales, no verán mermado ni un céntimo su sueldo en el día de marras.
4. Salvo en los sectores industriales que dependen de una producción constante, el parón será rentable en buena medida para la patronal y, sobre todo, para las administraciones públicas, que se ahorrarán el pago de muchas nóminas con sus correspondientes prorrateos.
Pese a estas objeciones, tenemos presente que para el gobierno en funciones la huelga general permite, como un barómetro social, medir el nivel de movilización del descontento, y solo por este hecho merece nuestro apoyo, que será un modo de recordarle que su mayoría absoluta no está legitimada por la absoluta mayoría. Sin embargo, las maniobras del gran capital no pueden combatirse con una huelga convencional, es preciso recurrir a estrategias concebidas con una inteligencia más agresiva. Si realmente se quiere hacer una campaña de resistencia enérgica paralizando el país y demostrar con ello la fortaleza latente de los desposeídos (entre los que incluimos a todos los subordinados a un contrato por cuenta ajena), hay que atacar directamente al sistema bancario, cuyas entidades viven de nuestro trabajo y gracias a nuestro crédito, no lo olvidemos. Desde aquí, para que la cita reivindicativa se transforme en un golpe de liquidación, proponemos acudir en masa a las sucursales para retirar los ahorros depositados en las cuentas corrientes. Así de simple. De ser secundado este llamamiento por la mayoría de la población damnificada por los recortes, en cuestión de minutos se podría hacer jaque al Estado manejado por los eurócratas.
Y luego, ¿qué? Evitar servir de blanco fácil a los cuerpos represivos, mantener el pulso sin arredrarse y no indultar jamás a los mezquinos que alcen la mano contra la gente que no teme transformarse en león para no ser gacela en lo sucesivo. Sólo a partir de ese momento podríamos empezar a negociar en una posición respetable con los clanes mafiosos que ahora insisten en hacernos pagar sus errores tras haber jugado con nuestras vidas como si fuesen el excedente más volátil de su patrimonio.
18 mar 2012
10 nov 2011
INVITACIÓN A LA ZALAGARDA
"Estado se llama al más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y ésta es la mentira que se desliza de su boca: Yo, El Estado, soy el pueblo".
Friedrich Nietzsche
Así habló Zaratustra
Desde la Anarcotiranía creemos que el sufragio sólo puede ser empuñado como un arma de impugnación masiva, y para ello, debería concentrar de forma explícita y tajante la necesidad de detener la trituradora en que se ha convertido el sistema. Olvidemos la oleada de ofertas insidiosas que dividen a quienes estamos convencidos de subvertirlo; unifiquemos la diversidad de fuerzas discrepantes en un voto reactivo para que no sea nulo y la carga de su significado les estalle en la cara. En los pasados comicios os enseñamos el procedimiento.
29 oct 2011
PREVISIONES CONTRA EL ALZAMIENTO
Los agentes económicos –una incestuosa familia con menos miembros de los que estamos acostumbrados a imaginar–, al hallar obstáculos políticos para la expansión de sus negocios preconizan que se debe aligerar la maquinaria del Estado, una coartada versátil que también sirve para amputar los servicios básicos que ofrecen las administraciones públicas a la población sin que esa cirugía por asalto se produzca en sintonía con una reducción equiparable de los sistemas democráticos de coacción, antes al contrario, pues en la actualidad experimentan un auge que ya quisieran explotar algunas de las más férreas dictaduras marciales. ¿Qué significa esto? El capital está dejando de ser un refugio seguro para la clase dominante, que se afana en preparar el terreno frente a previsibles inestabilidades cuya fuerza latente, si se desata, podría poner en jaque su posición. Cuando las tensiones sociales alcancen extremos insufribles y el dinero valga menos que el papel en que se imprime, los defensores del orden serán capaces de lo peor, incluso de propagar una plaga revolucionaria de espectacular virulencia con sus delegados a la vanguardia, quienes cuidarán de que las condiciones sean factibles para que todo quede trastornado en apariencia sin que nada cambie realmente: ellos en la cúspide invisible de la sociedad y nosotros debajo, resignados al racionamiento de la existencia en nombre del bien común o de cualquier otra extorsión bendecida por la necesidad colectiva. Es lo que ocurrió con la Revolución de Octubre en 1917 o con el veloz ascenso de Hitler en una Alemania revoltosa que anhelaba devorar al burgués. El socialismo y el fascismo son ideologías mesiánicas muy socorridas para zanjar el malestar creciente siempre que la plebe tiende a volverse ingobernable. Muy en contra de lo que como buenos tozudos de anacronismo sostienen algunos puritanos de hoz y martillo para salir incólumes de la acusación de traidores, y en un sentido bien distinto del que presumen los capciosos neoliberales, el comunismo soviético fue un éxito en cuestiones fundamentales no porque la burocracia demostrara su evidente incapacidad para organizar el tejido económico de una nación inmensa, sino porque sirvió de fortaleza a la clase dominante frente al peligro de desintegración insurrecta y promovió, a insospechado nivel, una renovación civil de los mecanismos de persuasión a la vez que impedía la dispersión de la riqueza mediante una forma absoluta de capitalismo que concentraba la gestión de los recursos en las garras del Partido, lo que originó una situación de reposo acorazado durante décadas hasta su oportuno desmantelamiento en beneficio, cómo no, de un restringido círculo de privilegiados. El marxismo, aún más tenaz que el nacionalsocialismo, supo mantener la continuidad del poder de unos pocos cuando existía una alta probabilidad de que ese poder fuera un objeto al alcance de muchos, de lo que se deduce que los gobiernos nunca han estado interesados en funcionar como instrumentos de expresión popular: su razón de ser es proteger a la élite en la adversidad y allanarle el camino en la prosperidad.
25 oct 2011
UNA AMNÉSICA OBVIEDAD
Mientras el ruin, ignorante de que solo se tiene lo que se da, considera que el ocio es un tiempo improductivo –malgastado, dirá él– que se traduce en una lamentable pérdida de dinero, el magnánimo comprende que ganar dinero es una irrecuperable pérdida de tiempo, un sumidero por donde tienden a escaparse, entre otras dimensiones, la de poder pensar. Sensible en extremo a las condiciones ambientales, la reflexión abierta necesita respirar en una atmósfera límpida de obligaciones que subordinen el uso y disfrute del tiempo a criterios viciados por el prejuicio del rendimiento, que resulta adventicio a los propósitos originales de entregar la atención a los objetos de análisis sin mayores trabas que las limitaciones cognitivas innatas. Si el tiempo libre se significa por algo, es por su indómita característica de no servir a ninguna utilidad circunstancial y desdeñarse en su decurso haciendo cualquier cosa... o soberanamente nada. Hablar de pensamiento libre dentro de la jaula de un horario definido por ritmos externos que constriñan su funcionamiento abstracto en nombre de su optimización práctica supone un contrasentido cuando no una falacia, pues el efecto inmediato de la acción mental desembarazada de toda dirección moral, como lo es la usura temporal, empieza por instilar incertidumbres en los sistemas normativos aceptados, de los que la obsesión por el resultado, objetivo de la obsolescencia inherente a la fábula del crecimiento material, viene a ser para el intelecto como un condón usado por otro, dejándolo profilácticamente impedido bajo la ilusión de un contacto orgánico con la realidad circundante. Los anarcotiranos, en vez de minutos, vivimos a pelo las secuencias del devenir: difícilmente verás atadas nuestras muñecas al grillete de un reloj.
La deprimente victoria de los centros dedicados al condicionamiento remoto de masas se evidencia en haber logrado que actuemos, e incluso sintamos, en términos de ruindad según el sentido indicado al principio: a fin de mantener la guardia en la voraz carrera contra el estancamiento, se nos apremia a estar actualizados multiplicando el consumo absorbente de experiencias vinculadas a determinados productos comerciales, sin que esa huera lucha nos evite ser, en definitiva, cada vez más pobres cuanto más creemos tener.
Constante en su excelencia imprevisible a través de las épocas, el peor enemigo del Estado es el individuo a solas con sus pensamientos, pero tan lejos ha llegado el corporativismo financiero, mal llamado liberalismo, en sus implacables pretensiones de exprimir el mundo mediante un chantaje envolvente a la sociedad, que toda iniciativa que aliente el desinterés por las cuestiones pecuniarias o intente preservar la independencia del aparato psíquico frente a la intervención de los patrones lucrativos de conducta, se percibe, hasta por las mismas víctimas del capital, como un brote incomprensible de necedad que afea las falsas parcelas de prosperidad donde se disipan las energías mayoritarias en beneficio de intereses muy minoritarios que si pocos desean cuestionar, aún menos se atreven a desenmascarar. Hábilmente manufacturadas deben de estar las conciencias cuando gran parte de la población no encuentra anómalo, sino sensato, poner a la zorra al cuidado de las gallinas con la esperanza de obtener una seguridad que les permita seguir poniendo huevos.
La deprimente victoria de los centros dedicados al condicionamiento remoto de masas se evidencia en haber logrado que actuemos, e incluso sintamos, en términos de ruindad según el sentido indicado al principio: a fin de mantener la guardia en la voraz carrera contra el estancamiento, se nos apremia a estar actualizados multiplicando el consumo absorbente de experiencias vinculadas a determinados productos comerciales, sin que esa huera lucha nos evite ser, en definitiva, cada vez más pobres cuanto más creemos tener.
Constante en su excelencia imprevisible a través de las épocas, el peor enemigo del Estado es el individuo a solas con sus pensamientos, pero tan lejos ha llegado el corporativismo financiero, mal llamado liberalismo, en sus implacables pretensiones de exprimir el mundo mediante un chantaje envolvente a la sociedad, que toda iniciativa que aliente el desinterés por las cuestiones pecuniarias o intente preservar la independencia del aparato psíquico frente a la intervención de los patrones lucrativos de conducta, se percibe, hasta por las mismas víctimas del capital, como un brote incomprensible de necedad que afea las falsas parcelas de prosperidad donde se disipan las energías mayoritarias en beneficio de intereses muy minoritarios que si pocos desean cuestionar, aún menos se atreven a desenmascarar. Hábilmente manufacturadas deben de estar las conciencias cuando gran parte de la población no encuentra anómalo, sino sensato, poner a la zorra al cuidado de las gallinas con la esperanza de obtener una seguridad que les permita seguir poniendo huevos.
23 mar 2010
AUGURIO INCENDIARIO
¿Queréis ser libres, todo lo libre que puede llegar a ser una criatura evolutivamente contrahecha? En ese caso, ¡dejad de crecer!, ¡extirpaos de la estirpe!, ¡no habrá otra oportunidad! Si preferís engrosar el hormiguero y apostar por la fealdad de la muchedumbre, continuad fingiendo que hay espacio para cada uno de vuestros engendros. La existencia es en sí misma dolorosa y fuente pródiga en desdichas, pero nadie nos obliga a convertir el orbe en un escenario permanente de tormentos multitudinarios. Constituye una verdadera inconsciencia, o peor, una catastrófica perversión, consentir que con la multiplicación de la especie las comunidades hayan degenerado en un grotesco espectáculo donde el necio hedor del populacho solo es superado por la angustia insoslayable que uno experimenta al saberse encerrado en un manicomio que ha sellado sus salidas al lograrse ubicuo. Solo desplazando la maternidad de los cuerpos se podrá alumbrar un mundo sin miseria donde el excedente material reemplace al excedente humano; eso, o devorarnos literalmente unos a otros, lo que bien pensado quizá no sea tan mala idea: una holgada despensa al alcance...
La vida no es un derecho y, por supuesto, tampoco un deber; la vida es un tumor, un dislate, un salto irresponsable al tumulto de la decepción. A quienes se creen elegidos para imponernos la reproducción de sus genes habría que considerarlos terroristas, pues por ellos malvivimos y aún seremos sacrificados como larvas de mosca que pugnan vilmente por engancharse al reclamo de una herida jugosa. Lamentaremos haber nacido mientras somos sepultados bajo el peso de nuestra bulliciosa insignificancia, y presas fáciles seremos para el triunfo de los más duros villanos que la plebe aplaudirá en su marcha automatizada al matadero.
La esterilidad global debe ser un punto de partida para cualquier iniciativa política que sitúe entre sus prioridades la domesticación de la economía al servicio de la población. Con las necesidades generosamente atendidas, podría empezar a abordarse la transmutación del género humano. El primer eslabón en la creación de una raza de hombres superiores sería el desarrollo de subhombres capaces de encargarse con habilidad de las tareas pesadas sin el sufrimiento psíquico de quienes, a lo largo de la historia, han tenido que soportar el agravio de ser esclavos conscientes de su infortunio. Ciertamente, la naturaleza humana es una materia problemática que hace de nosotros animales rapaces y belicosos que han de violentarse para atenuar su inclinación a la violencia, pero la lucha de clases que ha teñido nuestra orfandad terrestre puede ser compensada mediante la aplicación de medidas tecnoarcaicas y socialhedonistas. Ningún régimen conocido ha conseguido autocentrarse porque el precio de su ilusoria integridad ha resultado siempre criminal; ni siquiera la policracia, que propone la simultaneidad pacífica de diferentes modelos de organización social dentro de un marco de libre afiliación ciudadana (idea que empapa el panarquismo de Puydt y está presente en la obra de los economistas Bruno Frey y Reiner Eichenberger), se vería exenta del peligro expansionista de un vecino inspirado por la voracidad mercantil, religiosa y militar de su gobierno. Para evitar caer en este error, la Anarcotiranía pretende ser una plenarquía, es decir, garante absoluto de una libertad personalizada gracias a la participación plenaria en la tiranía, tiranía de pleno hecho que tiene por objeto completar libertad con sujeto.
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