12 abr 2012

PERTRECHOS

No hay peor vicio que tratar de imponer la propia idea de la virtud a otros, ni mejor hábito que luchar contra quienes materializan ese propósito. Tal como está previsto que suceda, cuando las autoridades dedicadas a la degradación de la sociedad en beneficio de sus negocios particulares consideren la alteración individual del ánimo un delito susceptible de infectar el orden público alterado en fase previa por sus expolios, será el momento de demostrarles que ante el asedio penal y policial estaremos dispuestos a ser peores que criminales; que no tememos convertirnos en una plataforma para lograr, con nuestros propios méritos, el anatema con que ampulosamente nos llamarán terroristas; pero, sobre todo, que no somos balas perdidas, sino proyectiles silenciosos dirigiéndose a su blanco por trayectorias inescrutables. Se han ganado el derecho a morir cruelmente y nosotros el deber de velar porque así sea.

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